Reportaje realizado por Laia Ruich y Aitor Marichalar para TV3, Televisión de Catalunya

domingo, enero 01, 2006


Un colofón de odio y violencia ha venido a cerrar el año, lógica conclusión de lo que han sido 365 días marcados por el odio y la violencia. Hace años que la prensa, la radio y la televisión nos ofrecen cada día cadáveres y heridos. Hace unos cuantos que internet se ha sumado al museo de horrores. Para muchos, esas imágnes se han convertido en parte del paisaje cotidiano sin más importancia que el papel que las exhibe o el aparato que las proyecta. Nos hemos acostumbrado a la violencia, a la sangre, al insulto, a la basura. El debate de ideas parece haber desaparecido de la política y de la vida social. Quien harto de la televisión decide navegar por la red y acude a páginas y foros con la intención de compartir ideas, intereses, aficiones, no tarda en encontrar la descalificación y el insulto contra quien no piensa igual, a veces adobado con un humor grosero.


Antes de ayer, por enésima vez, un estado se convirtió en asesino matando a un prisionero. Durante todas las horas del día más festivo del año, los equipos de rescate buscaban entre los escombros del aeropuerto de Madrid a dos personas desaparecidas, con toda probabilidad, inmigrantes; dos historias de pobreza, de dos luchadores que no se resignaron a sufrirla, de dos trabajadores que vinieron en busca de la riqueza contribuyendo con su esfuerzo a aumentar la riqueza del país.


Dos vidas, tres, miles destruídas en nombre de ideas desencarnadas, ajenas a todo cuanto implica el ser humano. Unos matan, dicen, por llevar la libertad y la democracia a un país que no las tenía. Los muertos, los que morirán hoy y mañana y pasado, ya no tendrán la oportunidad de disfrutar de esa libertad y esa democracia que hasta ahora sólo les ha servido para morir. Otros matan para conseguir la independencia, otra hermosa idea que no ha servido para otra cosa que para llenar de muertos, dolor y zozobra la tierra que se quiere independiente sin contar con los hombres y mujeres que la habitan. Algunos, finalmente, tienen las manos limpias de sangre, pero las lenguas cargadas de resentimiento, de envidia, de odio. En sus cabezas giran las pasiones más sórdidas, por sus lenguas salen convertidas en descalificaciones, insultos, bravuconadas, y esa mala baba va impregnando el ambiente, metiéndose en las casas, infiltrándose en las mentes de adultos, adolescentes y niños.

Pero la peor amenaza no es la muerte, que todos queremos ver lejana, ni la crispación a la que podemos responder con crispación sin mayores problemas aparentes. La peor amenaza es un escepticismo que instale a la mayoría en la resignación. Resignarse es aceptar que las cosas no pueden mejorar y, por lo tanto, no hacer nada para intentar mejorarlas. Resignarse es dejar el mundo en manos de los violentos, violentos de pístolas y bombas, violentos de palabras, violentos de poder para aplastar al más débil. Ante un año que nos ha ofrecido ese panorama de estancamiento nauseabundo cuando no de retroceso hacia etapas anteriores a la civilización, resignarse es garantizarnos de antemano que este año que comiena será igual o peor que el anterior.

Estamos preparando la biografía de un hombre que trabajó por enseñar a pacientes y alumnos a no resignarse, a luchar contra sus limitaciones y las circunstancias difíciles de sus vidas consolidando su autoestima y proyectándola en el respeto y amor a los demás. Recordando ese trabajo y el de todos cuantos luchan por mejorar nuestras vidas, aprovechamos este espacio para instarles a que no se resignen y para desear que esa falta de resignación se convierta en una lucha activa por limpiar el ambiente y hacer prevalecer valores humanos como la concordia, la paz, en defintiva, el amor. Sólo así podemos desearnos un feliz año nuevo con la auténtica esperanza de que lo sea.


Feliz año nuevo.
La imagen es de Juanra, una persona con ganas de luchar. Vale la pena visitar su blog en http://labombilla.blogspot.com/2004_12_01_labombilla_archive.html y su página en http://labombilla.blogia.com/