Reportaje realizado por Laia Ruich y Aitor Marichalar para TV3, Televisión de Catalunya

lunes, junio 01, 2009

La bruma del misterio. (Fragmento del capítulo II).

...Los gemelos Mir Rocafort vinieron al mundo con esa rara disfunción en un lugar y en un tiempo en que no podía realizarse un diagnóstico preciso ni había medios para tratar los síntomas; los dos nacieron destinados a ser inscritos como fallecidos al poco tiempo de nacer, pero uno de ellos consiguió posponer ese momento durante ochenta y tres años. ¿Por qué? Es el instinto el que impulsa a un recién nacido a mamar. Fue lo que hizo el pequeño Luis y su instinto le mató. Cuando José rechaza el pecho de su madre, cualquiera hubiese deducido que ese niño no quería vivir. Parecía carecer del impulso natural a alimentarse; parecía fallarle lo que todos conocemos como instinto de supervivencia. Y eso le salvó. ¿O fue, precisamente, el instinto de supervivencia lo que mantuvo sus labios apretados para no dejar entrar ni una gota de la sustancia que podría matarle? En este caso, tendríamos que aceptar que su instinto tenía una información de la que carecía el de su hermano, una información tan clara, que le permitió resistir un impulso tan primario como el hambre.
Si la naturaleza tiene las respuestas a este tipo de interrogantes, el pensamiento científico aún no ha conseguido arrancárselas. Sólo la imaginación puede crear seres omnisapientes capaces de responder a todas las preguntas. Quien no está dispuesto a buscar respuestas por esa vía tiene que formular hipótesis a partir de los fenómenos que observa. El primer incidente crucial en la vida de José pone de manifiesto un fenómeno que se confirmará durante toda su trayectoria: el niño vino al mundo con una voluntad extraordinaria que le permitiría superar las circunstancias más adversas; una voluntad tan potente, que conseguiría imponerse a la voluntad de los demás obteniendo una eficacia fuera de lo normal en la inducción a la hipnosis. Por el momento, la ciencia tiene que limitarse a constatar la existencia de facultades extraordinarias -como la memoria eidética, por ejemplo- sin poder explicar su naturaleza. Para José, las explicaciones no eran lo más importante. En sus clases y conferencias, Fassman pasaba rápida y superficialmente por la teoría, descendiendo, lo antes posible, a la práctica. Había elegido utilizar su extraordinaria voluntad para convencer a sus alumnos de que podían desarrollar la suya para superarse, y el uso que dio a esa facultad -o a ese don, como se prefiera- le permitió llegar al final de su vida con un balance positivo. Tal vez porque también la utilizó para no perderse buscando respuestas que no podía encontrar fuera del ámbito de su imaginación. Pero para llegar al momento en que, descartando lo superfluo, la mente descubre lo que tiene importancia vital y focaliza en ello toda su atención, tiene que pasar un largo tiempo de aprendizaje, de ensayos y errores, de acumulación de conocimientos y experiencia. El profesor Fassman, al que algunos imaginaban como un ser dotado de poderes sobrehumanos desde la cuna, tuvo que pasar por el mismo proceso de aprendizaje antes de convertirse en el hombre sabio al que pacientes y alumnos acudían en busca de ayuda para dirigir sus vidas. Fue un aprendizaje difícil que le exigió, desde la infancia, superar obstáculos que para la mayoría resultarían insalvables.

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