Reportaje realizado por Laia Ruich y Aitor Marichalar para TV3, Televisión de Catalunya

sábado, mayo 23, 2009

Fenómenos de feria

Hoy que tengo un poco más de tiempo me apetece compartir con vosotros un trocito de la biografía. Es un fragmento del capítulo cuarto. Empieza con lo que parece una descripción del paisaje, pero que es, en realidad, una reflexión sobre lo que ven los ojos. Estas montañas piden algo más que la contemplación silenciosa; piden que se las entienda. Tratando de entenderlas, logré comprender a mi padre.


IV Fenómenos de feria


El desfiladero de Collegats divide dos mundos. De Collegats abajo, empezando por la comarca del Pallars Jussà, la tierra se deja vivir dando al hombre espacio para construir ciudades, a las bestias prados donde pacer y reproducirse, y a unos y otros, terrenos que se dejan cultivar para alimentarles. Ese pacto de amistad entre la tierra y el hombre termina en Collegats. Allí la montaña parece abrir sus fauces, hasta mostrar sus enormes amígdalas de roca, para advertir con su grito sordo que, de ahí en adelante, todo le pertenece y nada cede sin exigir el máximo esfuerzo. De Collegats arriba, comarca del Pallars Sobirà, toda forma de vida tiene que abrirse paso entre las piedras. Esa garganta que durante siglos desanimó a las tropas conquistadoras de diferentes banderas, ha sido siempre símbolo del orgullo de las gentes de la montaña. Allí empieza el Pallars soberano que apenas conoció el dominio de Roma, que sólo tardó sesenta años en expulsar al sarraceno, que no deja morir la memoria de sus condes medievales porque en ella se reconoce la afirmación de independencia con la que cada cual defiende su individualidad; con la que cada cual defendía, hasta hace muy poco, el derecho a vivir su penuria con orgullo.
En el verano de 1952, un imponente sedán Studebaker negro, traído de América, se acerca a Collegats ocupando casi todo el ancho de la entonces estrecha carretera de Balaguer a Francia. Fassman va al volante. Al llegar al desfiladero disminuye la velocidad para volver a admirar, como tantas veces, la sobrecogedora garganta de piedra.
–Garganta de gatos –le dice a su hija de cuatro años. –Coll, garganta; gats, gatos –repite.
– ¿Los gatos tienen la garganta así? –pregunta la niña.
Fassman estira los labios hacia arriba con una sonrisa que es más bien la mueca de un niño travieso. La hija pronto asociará esa sonrisa a la satisfacción del padre cuando le enseña algo que ella no sabe o cuando le dice una mentira muy gorda que ella finge creerle.
–Sí –contesta Fassman.
El coche acelera carretera arriba dejando atrás l’Argenteria, el Barranc de l’Infern, la Portella de la Pentina, la Font del Racó de la Mosquera, nombres familiares que Fassman va repitiéndose en silencio. Su silencio cuenta la transformación que realiza en su ánimo el paisaje familiar, el saberse en casa. La transformación del ánimo le transforma la expresión de la cara, de los ojos. No es algo que alguien pueda suponer mediante una elaboración subjetiva, más o menos poética. Se trata de una realidad que perciben los parientes y amigos que, conociendo a Fassman fuera de su tierra, le ven transformarse cuando se encuentra en ella. Es Fassman el que llega a Collegats, y alguien distinto el que ocupa su cuerpo al salir de la garganta rumbo a Sort. Quien quiera profundizar un poco en la piel del hombre se dará cuenta de que es José, al que llamaban –y aún llaman los más viejos– en su pueblo, Pep de Mariot, a la edad en que daban que hablar, por todas partes, sus extrañas travesuras. Hasta que el cuerpo del hombre haya cumplido el ciclo de su vida, el niño que se resistió a morir por decreto de una disfunción genética y de los golpes de una infancia brutal seguirá resistiendo la embestida de las decepciones, desilusiones, amarguras y otras causas análogas que acaban matando a la mayoría de los niños.
A unos doscientos metros de Collegats, el coche se acerca al margen derecho de la carretera –no había arcenes– y se detiene a la entrada de un camino. Fassman baja del coche y hace bajar a su mujer y a su hija. El camino muere, cuando apenas acaba de empezar, en un matorral de zarzas, enebros, carrascas. Fassman señala, a lo lejos, un muro de piedra que sobresale en medio de la maleza, un trozo de muro más bajo; las ruinas de una antigua casona.
–Ese es el Hostal de Morreres –dice Fassman–. Allí nació mi madre.
Y su sonrisa de enseñar cosas refleja el orgullo de quien está informando al público sobre la vida de un prócer que acaba de descubrir. La parada es un rito que viene de lejos, quizás de la primera vez que José volvía a su tierra tras una ausencia. Fassman repetirá esa parada ritual cada vez que entre en el Pallars Sobirà hasta la última visita, al despuntar la primavera de 1991, cuando sube a despedirse de su casa antes de morir. “Allí nació mi madre”, decía cuando iba otro en el coche con él, como quien repite una oración para que la escuche un oído invisible. Sabía que quienes le acompañaban ya se lo habían oído decir muchas veces.
María Mir

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